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Biotz begietan / Xabier Lizardi / Verdes Atxirika, 1932

Biotz-begietan Lauaxeta / Euzkadi, 1932-06-14

Con título sugestivo nos llega el libro de “Jabier de Lizardi”. El elogio preciso ha salido de su concha para poder imprimirle su debida forma, y se antoja lisonja lo que en justicia es reconocimiento y aplauso. Con el libro de “Lizardi” en las manos, me dan anhelos de clamar fuertemente a los vascos para que aprecien la aparición de un poeta maravilloso. Lanzamos el reto a cuantos poetas cantan en castellano. Uno de ellos no tiene la profundidad, nervio y gracia sutil que “Lizardi” deja escapar en sus versos.

“Biotz-Begietan”, en el corazón y en los ojos, como reza el título, han nacido estas poesías. Por el cristal de sus miradas se ha adentrado el encanto del paisaje vasco y el corazón se ha transformado, para luego trasladarlo con detreza insuperable al verso.

“Jabier de Lizardi” posee cualidades raras que le animaban como a un artista genial. De sensibilidad exquisita, con manejo genial del idioma, gusto depurado, nos salta a la plaza pública. Los que pierden las horas en leer a los poetas verticales no sabrán apreciar la clásica gracia, la desnudez purísima, la danza helénica de los versos del poeta vasco. Las literaturas de alta alcurnia espiritual se darían de narices por tener en sus filas un artista tan profundamente original, personal, como lo es nuestro escritor.

En “Jabier de Lizardi” saltan con ímpetu volador las flechas de sus ansias para clavarse en la bezella. Un anhelo de universalidad brinca en sus estrofas, que llevan al mismo tiempo, un espíritu netamente vasco. Caminos de eternidad, pero siempre rumbos raciales, que unos no riñen batalla contra otros cuando un artista los hermana en armonía de música y ritmo.

En “Lizardi” posee la literatura vasca un valor logrado, un altísimo valor que promete días de gloria para este idioma traicionado por sus hijos.

“Al preclaro Unamuno, en comunicación de nuestra insolente audacia”, dedica el poeta una de sus bellas poesías. Pero los dioses del Olimpo no escuchan las voces de los mortales… Pero los dioses caen también para dar paso a la religión de la belleza y de la gracia inmaculada…

Pero el prologuista, alto poeta, rehuye el decir generalidades y concreta su labor a subrayar cada poesía con el sano propósito de dar título académico a cada una de ellas. Unas merecen un sobresaliente, otras notable; aprobado, pocas, y ninguna “cate”. Temo seguir por estos caminos, que para “Orixe” son llanos, pero para uno que siente El Díablillo poético dentro de sí encierran peligros. Jamás se puede criticar bien a un poeta, cuando dentro nos inquieta la necesidad de versificar. Siempre en mis juicios flotaría el gusto particular mío, no el valor objetivo de la poesía. Porque la poesía es un género de literatura que basa su mérito en cierto misterio muy grato, que nos traslada a un mundo de realidades irreales que inyectan salud moral al despertar.

Los ensueños de la belleza nunca pueden tener un mismo criterio en cada captador. Con perdón, pues, de tan distinguido prologuista, me limito a mi pequeño hogar. Sin ínfulas de decididor de contiendas, expondré mi opinión, que desde ahora confieso que será elogiosísima para “Lizardi”.

Uno de los espíritus más selectos, Novalis, nos dijo: “La poesía más excelsa solamente se encuentra en la verdad absoluta”.

Este problema profundo de enseñanzas ha sido la lucha eterna de los artistas. Los unos han buscado la realidad en mundos fabulosos, mientras otros han golpeado las puertas de la Naturaleza. Los artistas que jamás pasan de moda son estos últimos. La contemplación de la Naturaleza, dejándose impresionar a la medida que cada cosa lo merecía, ha producido obras maestras.

El embelesamiento ante el espectáculo de la creación tiende a encontrar un eco en nuestras almas.

Victor Hugo se nos hace insoportable hoy en día. En cambio, Fray Luis de León o Chenier son artistas supremos que presentan sabor exquisito para todas los paladares.

He aquí una modalidad de “Lizardi”. Nuestro poeta vasco es clásico hasta los tuétanos. No creo que sea clásico por su forma externa, aunque mucho tiene de noble concisión y de elegancia pulquérrima. Nada tienen de horaciano, como alguno apuntó, y si mucho de Sófocles o Teócrito. Es mucho más primitivo que el adulador de Augusto. Se deja influenciar por el paisaje con aquella inocencia sabia de los griegos. El sabe renunciar muchas cosas secundarias para dar realce a lo esencial, que presta unidad y gracia a todo el conjunto. Su obra nos permite adivinar al maestro que sabe de lección. “En la limitación se revela el artista”.

La fantasía del vasco es concreta. No gusta de divagar, sino de dar forma real a la idea en algún término conocido. Las perlas de Ormuz, las princesas orientales, los ensueños de los morfinómanos no tienen campo en Euzkadi. Porque el artista vasco no ha visto estas fabulosidades y no gusta de hablar y escribir acerca de términos desconocidos. El poeta español que jamás ha visto una perla o un diamante, no cesa de poetizar sobre ello.

Entre mis apuntes quedan las comparaciones de “Lizardi”. Cuando canta la primavera, la concreta en un manzano en flor. En las laderas del Txindoki habrá contemplado el poeta miles de árboles vestidos de blanco. No le entusiasman los demás elementos. ¡Y con que belleza menciona el trébol humilde! “¿Que me importa el volar de las mariposas?… ¿O el fresal en flor? ¿O la pradera de trébol, semejante a una muchedumbre de danzantes báquicas que, tambaleándose sobre los pies, muestran en las manos enhiestas las copas de vino?…”

La composición más bella es la dedicada al verano según mi criterio. La sombra del bosque no ha tenido un cantor tan original. Muy celebrada será la canción de “Ondar Gorri”, “Playa Roja”. Acabo de releer la bellísima canción al otoño del altísimo poeta Keats. Nada tiene que envidiar “Ondar Gorri” a la poesía tan celebrada por Unamuno. Claro que Unamuno no conoce la de “Lizardi”, porque está escrita por un vasco, y siempre la manzana del cercado ajeno…

Un cierto miedo de que tildaran de atrevido me impedía el sacar a luz una nota más que reza al pie de la poesía “Sagar-Lore”. Pero en una charla amena con otro escritor de altura, Manuel de la Sota, escuché la misma observación. Ambos conveníamos en que “Lizardi” esmalta sus poesías con cierto matiz japonés. Los almendros y los albérchigos en flor, el paisaje de encantos mimosos que se aprisiona en el rincón de Tolosa, resguardado por tres montes hermanos; la sencillez de los seres, que decía nuestro Basterra, han encontrado en “Lizardi” un cantor delicado y profundo.

Esta adoración por la naturaleza que el poeta siente, ha encontrado un templo en el bosque umbrío, palacio que tiene cerradas sus ventanas.

Templo del descanso, lleno de columnas, formada la bóveda de muchedumbre de hojas y de fingidas estrellas. Pero lo maravilloso es la personificación de la Sombra.

Fuí uno de los que formaron la trinidad crítica cuando el certamen poético de Tolosa. Sin vacilar dí mi voto a “Jabier de Lizardi”. En el silencio he escuchado algunas frases mordaces. Pero ahora es tiempo de hablar. Aquella maravilla poética de “Itzal”, con un concepto nuevo de las imágenes rientes de Grecia, no tiene rival en literatura alguna. ¡Que concepto tienen de la literatura los que hablaron en contra del fallo! ¿Creen, acaso, que unos versos más o menos fáciles merecen comparación con las estrofas originales, revolucionarias y vasquísimas, al mismo tiempo, de “Lizardi”?

La obra de este poeta merece comentarios detenidos, objetivos, que irá, apareciendo en estas páginas. De su estudio sacarán los jóvenes escritores enseñanzas de alto valor.

Algunos pedantes que se considerar jueces, sospecharán que mi elogio está fuera de toda crítica; pero no adivinan que estamos ante un poeta genial. Y los genios no aparecen cada día para poder elogiarlos. Seguiremos la tarea.

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