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Azken kritikak

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Biotz begietan / Xabier Lizardi / Verdes Atxirika, 1932

Poeta e innovador del lenguaje Aitzol / Euzkadi, 1932-06-15

“Urte-giroak”. “Paisaje de las estaciones”

Píndaro, el excelso poeta de Grecia, fué vencido por Corina. El cantor consagrado de los Juegos Olímpicos sintió rasgado su corazón cuando, con aplauso unánime, el pueblo dió la palma de la vistoria a Corina, que con su cítara alabara los triunfos de los atletas. Derrotado, huyó Píndaro al bosque consagrado a las Musas. En la selva quiso esconder su vergüenza. Pero la diosa Urania, la protectora del poeta, transformada en hada, pretendió consolar al vate infiltrándole veneros de nueva inspiración.

Manzoni, en romántica poesía, nos describe la benéfica influencia de Urania:

“………………………Cuando
Con paso inadvertido a la espesura
De la selva llegó, la excelsa silla
Del solitario trono dejó Urania
Para acercarse en el secreto asilo
Al vate generoso… Se sentaron
Sobre la blanca hierba. El plectro Urania
Tomó, y cantóle un himno…………”

“Lizardi” es dado ha pasear por el agreste camino que conduce a un pequeño arbolado con honores de bosque. Festonean el camino de la colina las zarzamoras, el trebol y las flores del fresal. Desde la colina domina el paisaje triangulado por el Txindoki, el Ernio y Uzturre.

Sin más caminar que el subir y bajar el rústico repecho, y sin otra contemplación que la que a sus ojos se ofrece desde el bosque, el poeta escribirá una de las más bellas y admirables poesías que la lengua vasca haya jamás producido. Pero es que allí, en lo más recóndito del arbolado, la hija esplendente del “Bosque”, la “Sombra”, sacerdotisa de la umbría selva, ha esperado al poeta. Y se la ha dado a conocer en los achicharrantes días de la canícula, cuando el aire hierve, la tierra reseca y calcinada exhala vahos que irritan el rostro, y cuando sudoroso y congestionada la cabeza llega al dintel del bosque el poeta. Entonces la sacerdotisa de ese templo de informes y multiformes columnas, que sostinen una bóveda de oscuro follaje, envuelta entre celajes que la encubren en el misterio, recibe con cariño al vate, cuya frente seca con leve lienzo. Introdúcele en el secreto del bosque, y allí, confidecialmente, se confían sus mutuos pensamientos.

Así, de tan original manera y con tan diestra novedad nos describe “Lizardi” el lugar apacible del humilde arbolado donde forjó su admirable poesía “Paisajes de las Estaciones”. Como Píndaro, halló también en el bosque la influencia de la inspiración. La inspiración que allí recibe transforma en materiales magníficos al manzano acuyos pies se sienta y cuyas flores blancas de primavera creyó, de lejos, ser copos de nieve suspendidos magícamente en los aires; al Txindoki, coloso de piedra que hunde sus pies en tierra para clavar su acerada cabeza en el cielo, soportando a sus espaldas al viejo y solitario arbusto, que al poeta se le antoja alpinista rendido por el cansacio montañero. Las flores de trébol son para él grupos de báquicos danzantes que muestran ánforas de vino, y cree palomas posadas en la pendiente a los restos de la nieve invernal, como en otoño imagina sorprender a la fecunda tierra, que prodiga sus frutos, macilenta y pálida…

Poder transformativo enorme el de “Lizardi”. Ve, mejor dicho, intuye con clarividencia singular los objetos humildes, las plantas silvestres, los animalejos del campo, el camino empinado, los árboles frutales, los montes circunvecinos, y, sobre todo, se compenetra con el secreto espíritu, siempre misterioso, del bosque. Todo ese mundo de cosas naturales queda grabado en su fantasía con tan sangrante huella, que excita a la inspiración hasta el grado sumo, para asimilarlo, transformarlo y exteriorlizarlo con taal perfección de belleza estética, que recrea el ánimo del lector con la más exquisita de las deleitaciones.

Son bellas las estrofas, bellas las metáforas e imágenes, bellas las descripciones de las cuatro estaciones, como bello y original es todo el conjunto, y como original, nueva y modernísimas, la imagen, la metáfora, la comparación, la estrofa y el verso…

Esa composición poética, “Urte-Giroak”, con sus cuatro partes, es un hito, una meta de progresivo avance notabilísimo en el resurgimiento literario y estético del euskera. Admirable nos pareció en sí misma la poesía. Mas quisimos justipreciarla, aquilatar su mérito, comparándola con composiciones similares de literaturas extranjeras… la castellana, italiana, francesa, inglesa… Y ninguna de las numerosas leídas y comparadas os ha agradado como ésta de “Lizardi”. En ninguna hallamos tanta novedad, y en algunas muy celebradas, sí, frecuentes tópicos vulgares; en ninguna tanta densidad de pensamientos y expresiones bellas, en ninguna tan desusadas e imprevistas imágenes.

Sería ciertamente beneficioso para aquilatar el mérito de esta producción que alguien versado en poesía nos presentara composiciones de la literatura universal, para que se pudiera hacer un estudio comparativo… Tenemos la certeza de la de “Lizardi” quedaría en un lugar privilegiado.

“Lizardi” no es sólo poeta y estilista; es algo más: un revolucionario del lenguaje; un revolucionario que quiere fundir el nervio tradicional del euskera con los más audaces avances del pensamiento estético. Corta la frase, coloca la palabra, modela el giro de tal forma, que quien sabe leer exclama: “Así debió escribirse en euskera en épocas de plenitud lingüística”. Y, sin embrago, todo es nuevo: el pensamiento, la imagen… Solo parece arcaico el genio de la lengua.

¿Es todo perfecto en “Lizardi”? No; no lo es. Su fecunda audacia literaria reviste a sus composiciones de una dificultad notable no sólo para los indoctos, sino aun para la gente muy versada en euskera. Y es ello natural. Junto a las narraciones arcaicas del lenguaje, se une la concepción nueva, también, y la originalidad acusada en el conjunto y en cada parte de la obra. Nuestro idioma, aptísimo para la expresión estética en sí, debe, al principio, sufrir la forja del subjetivismo del artista. Esa subjetiva concepción del artista, que crea formas desconocidas dando nuevo valor a muchas palabras, engendra la confusión. Eso ocurre, clarisimamente, en la obra de “Lizardi”. ¿Es esto un mérito o un defecto? Yo creo que un mérito. Pero a condición de utilizarlo con mucha discreción y por artistas que puedan ostentar patentes de ser los descubridores de nuevos horizontes. De tal coceptúo a “Lizardi”… Su mérito principal está hoy en ser discutido. Sin discusión, la iniciación valiente del poeta sería esteril. Hubiera nacido muerta.

“Lizardi” crea un tipo nuevo de expresión artística en euskera, como en poesía, desterrando las hadas del bosque, las musas del Parnaso, los genios de la selva, las diosas protectoras de los humanos; ha perfilado un nuevo personaje poético, la “Sombra”, hija del “Bosque”, la sacerdotisa de ese maravilloso templo que nos describe con sublimidad. Ha destrozado todo lo manido y usual para dar vida a un ser original.

Amigo “Lizardi”: sólo en una de las poesías vascas, ya vieja, he hallado una leve semejanza con tu nueva creación poética, con el personaje central de tu gran obra. Hela aquí. Tu, como nadie, apreciarás mi esfuerzo de investigación por entronar tu nueva obra con la tradición poética de la raza:

“Iduzki denean, zoin den eder itzala,
Maitia, mintzo zara, plazer duzun bezela”.

Sólo hemos tratado de una poesía, para mí la plenitud de “Lizardi”. De su libro, hablaremos también. Pero demos tiempo al tiempo.

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