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Barne-Muinetan / Orixe / Itxaropena, 1934

La poesía cristiana I Lauaxeta / Euzkadi, 1934-05-26

Nuestro poeta “Orixe” nació con varios años de retraso. Su plenitud hubiera sido en tiempos de intensa vida aldeana, campestre, cuando el viento no encontraba salida alguna por valles ni hondonadas porque el bosque robaba todo el espacio. Y en las laderas verdes pacían las ovejas, mientras el pastor, apoyado en su cayado, con la paz del atardecer en sus miradas, sentía la dulzura del paisaje.

“Orixe” hubiera sido un poeta bíblico, todo equilibrio y serenidad, porque posee como nadie la gracia primitiva que examina las cosas antes con la admiración que con la inteligencia. Los griegos no se avergonzarían de este artista tan armoniosamente clásico.

Pero no pongamos a Ormaetxea con zampoñas ni txirulas. El poeta aborrece los días de Sannazaro, con su “Arcadia” o las ninfales de Boccacio. No gusta de las ficciones de “Favola di Orfeo”, de Poliziano, el “Pastor Fido”, de Gaurini. Ni las confituras de Sa de Miranda, Barahona de Soto o Jorge de Montemayor, con su “Diana enamorada”. Los zagales y zagalas almibaradas y eruditas de Bémy Belleau, Honorato d’Urfé ó la “Rosalynde” de Londge son pura afectación bucólica de salón.

El “Orixe” que nosotros conocemos es distinto. Así se fugó a la montaña para poder vivir la misma vida de los aldeanos. Ahora, leyendo a Mistral o bien recitando versículos del Evangelio bajo los hayedos. Bien sabe en qué momento es más bella la sombra del nogal y cuándo se siembran el trigo y el maíz. No quería traicionar a su alma, hija de la tierra, asomada a sus ojos con ansias de contemplar a los bordaris que guían la carreta de aurirrosados helechos. “Orixe” ha visto trabajar a los segadores que manejan la guadaña en los montes de Larraun o a los palankaris Esnaola o Lizarza.

Por eso vive en las montañas de Orexa, libre de ciudad, el pecho al viento y a la lluvia, la mano tan pronto a la laya como a la pluma. En el silencio de la aldea va labrando, con folk-lore y ciencia segura, el poema de nuestra tierra. En quince magníficos cantos va tejiendo las leyendas y narraciones, los deportes y cantos de la raza.

Y mientras ese poema va naciendo, “Orixe” nos envía un librito de poesías. “Barne-Muinetan” reza su título, que traducido literalmente significa “En las médulas del interior”.

Pocos conocen la obra lírica del poeta, tal vez porque su autor, con excesivo pudor, ha querido ocultar sus versos de juventud. Las traducciones de “Mireio”, “Lazarillo de Tormes”, algunos capítulos de la obra cumbre del P. Nieremberg “Diferencia entre lo temporal y lo eterno”, trabajos de folk-lore, conferencias y artículos periodísticos de enjundia han rodeado la fama de “Orixe” como la de un prosista de talla —con perdón de Altube—, y por fin, como hombre de polémica. Todo eso dice bien con Ormaetxea; pero para entender su personalidad era preciso que se manifestara como poeta.

En la profunda crítica que el P. Estefanía hace del libro transcribe unas lineas que en carta partícular le escribía yo hace bastante tiempo. No creí que saldrían a luz, pero me es altamente halagador, porque demuestran el concepto que yo tenía de “Orixe” lírico. Dice así el P. Estefanía: “Con razón me escribía “Lauaxeta”: “Es una tristeza que éste (Orixe) no componga más poesías líricas“. Una prueba de que no se equivocaba es el nuevo librito”.

Bien escribe el mismo inteligente crítico: “Su nota más íntima y más penetrante, la que le presta un carácter propio, un sello y aire nuevos, originales, con marcada originalidad, es la insuperable fusión de luz intelectual y calor afectivo, de sólida cultura literaria y de ingenuidad y sencillez popular”.

“Barne-muinetan” es, pues, un bellísimo libro de poesías religiosas. Las verdades de la fe presentadas en forma clásica, en versos acabados. Alguno se asustará de este calificativo, pero la poesía de “Orixe” es iganaciana. La inteligencia va discurriendo con serenidad, sin dejarse influir demasiado de la parte afectiva.

La vida del poeta está influenciada por aquellas palabras tan llenas de sentido católico: “In ipso enim vivimus et movemur et sumus”. Y no creamos que es la poesía mística de ciertos modernos. El misticismo de muchos está en franca decadencia porque es más sentimental que discursivo.

El crítico P. Estefanía nos hace recordar los nombres de Dorse-Hülshosffs, Verlaine, Manzoni. A nuestro entender, “Orixe” puede ser comparado con el gran poeta católico de Italia. Los “Himnos”, llenos de sentimiento fuerte, asentados en la fe en Dios y en Cristo Redentor, con la maravillosa canción de Pentecostés, son hermanos de estos trípticos del escritor vasco.

Con Verlaine no tiene ningún punto de contacto. El pobre Lelián, en sus cantos religiosos de “Cordura”, no pasa de ser un sentimental. Nada importa que una autoridad como Morice nos quiera presentar como la obra maestra del misticismo, como uno de los poemas católicos más grandes después del de Dante.

“Orixe” es único después de San Juan de la Cruz. No parezca ello demasiada alabanza. Lo decimos con lucidez plena. La lírica del escritor vasco es tan claramente sólida y profunda como la del autor de “La noche oscura del alma”. Si de algo peca es de haberse dejado influenciar demasiado por el libro “Subida al Monte Carmelo”.

El primer tríptico de “Barne-Muinetan” comienza con “Iankoaren begiera” (la presencia de Dios). Hay mucho de aquellos versos maravillosos: “¡Oh, bosques y espesuras plantados por la mano del Amado!”. Los caminos del alma que va siguinedo la noche oscura del sentido, luego del sentido, luego del espíritu y pregunta a las criaturas por su Creador, son presentados admirablemente por “Orixe”.

La influencia de San Juan de la Cruz es evidente. Hay versos que nos hacen recordar aquellos: “Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche. Aquella eterna fonte está escondida… Que bien sé yo por fe la fonte frida”.

La solidez católica pues, de “Orixe” está basada en principios puramente evangélicos y de los Santos Padres. Algunos capítulos de las Confesiones de San Agustín, huellas del P. Nieremberg, Beato Avila y P. La Fuente.

Pero encima de todo ello, con vivo calor intelectual y emoción reciamente cristiana, están las palabras del Evangelio. No en vano nos hace recordar en su bello tríptico “Benedicamus Patre et Filium” “A tus pies estoy deseando aprender todas tus palabras. Oígalas yo en silencio con la hermana de Marta”.

Eso es toda la lírica de “Orixe”; sencillez y humildad para escuchar el Espíritu, que habla allí donde se han remansado las pasiones. La luz intelectual, que nos hace caminar por todas las cosas creadas. Luego viene la luz de la fe, que nos conduce hasta las puertas de la Divinidad. Por último la luz de gloria, que permite ver a Dios en su resplandor pleno.

¡Qué profundo gozo se siente al leer estos versos egregiamente vascos, al compararlos, sobre todo, con las producciones católicas de un Caludel o James! No dudamos que esta poesía orixeana tiende un tanto a la épica. En esto se parece a Verdaguer. ¡Pero cuánta unción llevan las palabras todas, expresadas en fusión íntima del arte y la piedad! “Barne-Muinetan” no será superado fácilmente. Tiene uno comparable en su profundidad cristiana y perfectísima forma: San Juan de la Cruz.

En el examen detenido de cada composición, de su forma externa, de la maestría del euzkera riquísimo que usa “Orixe”, iremos formando un juicio certero del nuevo libro. Sabemos que “Orixe” se molestará de ciertas alabanzas; pero no está en nosotros el alabarle demasiado, sino en sus propios méritos.

Al aparecer el librito lizardiano “Biotz-Begietan” estampamos una frase que fué tildada de excesiva: “Estamos ante un genio”. Luego la muerte del poeta y la crítica han venido a darnos la razón. Ahora diríamos algo parecido. El poeta cumbre en lo referente a la lírica cristiana católica, es “Orixe”. Poesía de ley, poesía egregia, toda equilibrio y sobriedad, poesía sana, en cualquier sentido, como devoción y como literatura”. No quitemos nada a estas palabras.

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