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Biozkadak / Luis Jauregi Jautarkol / Ama-Birgiñaren irarkola, 1929

Luis de Jauregui J. Aitzol / El Pueblo Vasco, 1930-01-12

Lejos del País Vasco vino a buscarnos un libro, sobremanera interesante. Eran las poesías del vate vasco Luis de Jáuregui. Su lectura fué, para nosotros, un ameno descanso en el inquieto y nervioso trajín de los negocios en una populosa ciudad.

Nuestros tiempos no son propicios a la poesía, y menos aún para la poesía lírica. En las mismas letras castellanas escasean tanto estas floraciones artísticas, que parecen haberse refugiado en el lirismo de Villaespesa, repleto de luz y color, música y ritmo sonoro; y en Zozaya, que encerró en sus “Poemas de humildad y ensueño” y en “Todos los cánticos” el caudal de su prosaica musa. A pesar de la mediocridad de muchas de sus poesías, estampó esta afirmación, tan rotunda como modesta:

“Reid de mi locura, lo tolero;
mas, para el mundo entero,
traigo el soplo de Dios y soy poeta”.

Quien realmente trae el soplo de la inspiración, matizada de gracia y delicado espiritualismo, es el joven lírico vasco Luis de Jáuregui. De él oímos hablar, hace contados años, al polígrafo don Carmelo de Echegaray, presentándolo como una esperanza valiosísima para la literatura vasca y afirmando, categóricamente, que la poesía euskeldun encontraría en Jáuregui uno de los más egregios e inspirados representantes. En efecto, una detenida y reflexiva lectura del libro “Biozkadak”, basta para convencerse de que su autor se sale de los estrechos y modestos cauces de nuestra poesía lírica, remontándose en inspirado vuelo hasta donde no ha llegado aún ninguno de nuestros poetas.

Por esta razón no podíamos menos de extrañarnos de que ni en los periódicos del país ni en las revistas vascas apareciera un estudio crítico, serio y conciencido, sobre las bellezas contenidas en las poesías que forman el “Biozkadak”. Algún artículo ha aparecido, según creemos, que no ha llegado hasta nuestro poder.

Han venido a reparar esta injusticia los dos artículos que han aparecido en El Díario “Euzkadi” debidos a la pluma del crítico “Orixe”, en los que se estudia, con pinceladas maestras, sí, pero demasiado rapidamente, la significación poética de Jáuregui. Nadie con más justos títulos que don Nicolás Ormaechea para hacer la crítica de estas poesías. Formado seriamente en la escuela del clasicismo castellano, latino, y sobre todo, griego, está altamente capacitado para enjuiciar las obras de nuestra incipiente literatura vasca. De él puede afirmarse lo que escribió Menéndez y Pelayo: “Es un verdadero amante de las letras antiguas, que no las cultiva por pedantesco alarde, sino por recreo de su espíritu, adquiriendo, en la contemplación de los modelos de Grecia y Roma, la serenidad y armonía de su alma”. Esto le ha hecho llegar, fácil y llanamente, al conocimiento cabal y completo de nuestro caudal literario vasco, que en realidad es más extenso y valioso que lo que la atrevida ignorancia cree y juzga.

El frío y sereno juicio del señor Ormaechea es lisonjero para el joven poeta. Algunas de sus poesías —dice— pueden figurar con honor en las antologías de cualquier idioma; y apenas en casi toda la colección, aparece alguna que pueda calificarse de mediana. La aparición de “Biozkadak” es una conquista notabilísima en el campo literario vasco, y hará época en los anales de nuestra poesía lírica.

Con ser casi unánime nuestro juicio con el de “Orixe”, sin embargo discrepamos de él en algunas apreciaciones. “Jáuregui es —escribe—, por consiguiente, imitador o adaptador”; y se afana por demostrar esta afirmación, buscando modelos para sus ocho poesías. No se nos oculta, en verdad, que la imitación, juntamente con la invención, es una de las fuentes de inspiración lírica. Ni el ser imitador es vileza alguna, cuando la imitación es buena; y así confiesa “Orixe” que sucede ahora. Dígalo, si no, Menéndez y Pelayo, quien juzgó mérito notabilísimo en Fray Luis de León ser imitador de Horacio, y al cual “acertó a mantener y levantar, reemplazando el aparato mitológico, ya gastado, con los recursos del sobrenatural cristiano” según afirma el crítico Miguel Antonio Caro. ¿Y no fué, a su vez, Horacio imitador de Anacreonte, Simónides y otros poetas griegos?

Pero no creemos exacto que merezca Jáuregui el dictado universal de adaptador o imitador. Si en la poesía “Alai ta pakean” puede imaginarse alguna imitación de Elizamburu, quien solamente estuvo inspirado en la primera estrofa, mientras Jáuregui lo está en toda la composión, con más aristocrática espiritualidad y delicadeza más refinada, no encuentro la imitación de la célebre elegía de Jorge Manrique en la magnífica poesía “Aizkorriren oñetan”, llena de vida, colorido y expresión. El haberse inspirado, quizá, un tanto en modelos clásicos, no creo sea título suficiente para ser tenido por imitador.

Se le ha comparado con el gran poeta Zaldubi, llamado el La Fontaine vasco. Indiscutiblemente que el gran canónigo Adema posee el nervio del lenguaje vasco, con fuerza más peculiar y propiedad más exquisita que el autor de “Biozkadak”. Sin embargo, en éste la inspiración es mucho más elevada, más exuberante la imaginación creadora, y el sentimiento íntimo del lirismo mucho más interesante.

Otro día seguiremos el estudio de las poesías de Luis de Jáuregui, haciendo, quizá, un estudio comparativo; hoy bástenos afirmar categóricamente, sin miedo a ser dementidos, que la literatura vasca ha visto aparecer un gran poeta lírico.

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