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Biozkadak / Luis Jauregi Jautarkol / Ama-Birgiñaren irarkola, 1929

La imitación en Jauregui Orixe / Euzkadi, 1930-01-21

Respondiendo

El Pueblo Vasco, de San Sebastián, ha hablado de las poesías de nuestro Jáuregui, y al hacerlo, entre elogios que me confunden, cuya buena voluntad agradezco, pero que no puedo aceptar, se suscribe casi todo lo aquí afirmado de su poesía.

En dos artículos periodísticos no se puede hacer sino una crítica ligera, so pena de que el artículo resulte de revista. Supongo que no divagué con ellos, pero tampoco quise detallar más, pudiendo hacerlo, y quizá deje sin explicación algún punto importate que a mí no me parecía menester exponer. Tal es lo que se refiere a la imitación o adaptación, que tal mal suele entenderse de ordinario, y mi oponente lo ha entendido en un sentido que no le quise atribuir.

Imitar o adaptar un poeta en el conjunto de su obra a tal o cual poeta, o a tal familia de poetas, no significa que esa imitación se eche de ver en cada poema, ni en cada estrofa, ni en algún verso aislado, sino en el tono y espíritu de sus producciones, que recuerden nada más el autor o autores en el que el poeta se ha educado, o de quienes ha sido influído. Hay otra imitación más servil, que aun los buenos poetas han usado. Nadie negará a Virgilio, el poeta cristiano de entre los paganos, como se le ha llamado, una ternura peculiar suya que no se halla en Homero ni en Teócrito. A pesar de haber calcado, y aun si se quiere traducido e imitado intencionadamente hasta en las palabras tal pasaje, tal hemistiquio, tal verso, como lo hizo Virgilio de ambos autores citados, la originalidad o la personalidad de Virgilio triunfa en el conjunto de su obra poética. Es molesto leer críticas de la Eneida o de las Eglogas, en que críticos gramaticales comparan versos, hemistiquios y pies, para deducir de ello exclamaciones tan prosaicas como estas que hemos leído muchas veces: “Robado de Homero, calcado en Teócrito, traducido de Bion, de Mosco”. A pesar de eso, no por eso Virgilio seguirá subsistiendo a través de los siglos allí donde reine el buen gusto.

No he notado en Jáuregui imitaciones de este estilo. Quizá alguna estrofa me ha recordado a Verdaguer; pero como recuerdo grato; como una buena impresión recuerda a otra; como una brisa en playas extrañas y lejanas, recuerda la costa patria.

Haber uno recibido esa educación en los buenos poetas, haber sido bien influído por ella, es confesar la inteligencia y la capacidad artísticas de un hombre. ¡Qué bien le hubiera venido esta disciplina a un Arrese y Beitia!

En el caracter moral de un hombre influye grandemente otro hombre. Ha habido acciones heróicas practicadas en circunstancias muy semejantes, y si se quiere idénticas, sin que con esto el héroe imitador haya desmerecido en ellas. Es el caso ordinario de las virtudes cristianas, de la heróica santidad, que esencialmente consiste en la imitación del Santo de los Santos. Parecerse a un hombre perfecto, en cualquier línea de perfección que sea, nunca se debe tener por menos digno.

No es que yo niegue toda originalidad a Jáuregui, ni bastante originalidad, entendida en un sentido relativo. Consideraciones parecidas a las que él me sugurió hallaría en Dante y Milton respecto de los poetas de la antigüedad. Aquel se gloriaba ser discípulo de Virgilio, sin que en su genial pero ruda poesía halle yo vestigios de educación virgiliana; el narrar fábulas traducidas de Virgilio, no significa imitación ni influencia virgiliana. Falta el tono y espíritu del mantuano, aunque el florentino sea más genio. Milton, asiduo lector de los clásicos, fué verdaderamente influenciado por ellos, siendo uno de los humanistas más distinguidos de los tiempos modernos (relativamente modernos). Es un espíritu mucho más cultivado que Dante, prescindiendo de las cualidades geniales, cuya comparación es aventurada.

Salvada, pues, o explicada mi afirmación anterior, voy a decir dos palabras sobre el calco, el plagio y la traducción. En nuestros poetas que nada han aprovechado de lo poco doméstico, no cabe plagio, pues por lo menos es menester traducir, sea de Lope, de Verdaguer, de Jorge Manrique o de Ovidio. La traducción a nuestra lengua es evidente que será útil. El mismo calco, grado ínfimo de imitación, nos sería muy útil hasta que ensanchemos más nuestro horizonte literario. El Lacio tuvo su literatura. ¿Qué más fué lo mejor de ella sino calco e imitación de la griega? Imitación en el malo y en el buen sentido de la palabra.

En ciencias, el literatura, en toda manifestación del progreso humano, de grado admitiría yo calcos, traducciones e imitaciones. Claro que no es ese mi ideal, pero las cosas requieren principio. La obra de Jáuregui es más que calco, más que traducción, más que imitación servil y aun más que una digna imitación.

¿Me habré explicado suficientemente para mi amable contradictor de El Pueblo Vasco?

Frío llama él a mi juicio, y me complazco en que así se reconozca. Nuestros literarios necesitan, sí, alientos; pero una crítica demasiado férvidamente elogiosa les pudiera perjudicar. Ello va antes que nadie contra el mismo crítico, que cuando tenga que hablar de otros no tendrá ya copia en su almacén de adjetivos. Y ésta es precisa para la orientación de nuestra literatura. Es muy cómodo callar para no indisponerse con nadie; decir dos generalidades aplicables a todo el que escribe en prosa o en verso; hablar únicamente, a veces machaconamente, de las incorrecciones gramaticales. A esto último se reducen, por desgracia, las críticas entre nosotros. Arrostrar las críticas de la crítica hecha con lealtad, no es tan halagüeño; pero no debe ser parte para arredar al que con ello preste, al menos en deseo, un servicio al idioma.

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