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El VI dia de la poesía vasca / (Liburu zehatzik ez)

El VI dia de la poesía vasca J. Aitzol / Euzkadi, 1935-06-01

(Homenaje al poeta “Loramendi”)

No es vieja, ciertamente, la institución del Día de la Poesía Vasca. Es de ayer su celebración. Sin embargo, el que muy en breve ha de celebrarse en la encantadora aldea de Bedoña, barrio de Aretxabaleta, inicia su segundo lustro.

Lustro que ha sido fecundo para la poesía nacional. Han surgido valores poéticos nuevos: otros se han consagrado. Con ello las nuevas poesías, las más selectas de los certámenes, se han editado cinco bellos tomos y se han reeditado las fábulas del bizkaino Zabala y del guipuzkoano Iturriaga, y publicado las póstumas de “Lizardi”. En estos cinco años Jauregui, “Lauaxeta”, “Orixe” y “Lizardi” publicaron también sus composiciones poéticas, y se anuncia la aparición de “Bidenabar”, de Zaitegi; otro tomo de Jakakortajarena, y el poema “Euskalduna”, de “Orixe”, todos estos por cuenta y riesgo de Euskaltzaleak.

Al iniciarse el resurgimiento de la poesía euskeldun era totalmente desconocido el vate “Loramendi”. Había publicado, es cierto, algunas poesías en “Zeruko Argia”, pero por ellas no hubiera pasado su nombre a la posterioridad.

Presentóse “Loramendi” al certamen poético del II Día de la Poesía Vasca de Tolosa, en 1931, con su magnífico trabajo “Arrantzalien Arrats Otoitza”. Mas no pudo vencer a la mejor poesía, debida a la inspiración de “Lizardi”, premiada en aquella contienda, “Baso Itzal”. Sin embargo, la revelación de un gran poeta era ya cierta. Y esta esperanza quedó confirmada con la obra maestra de “Loramendi” titulada “Barruntza leioan”, que fue designada como la mejor del certamen del año siguiente, celebrado en Ernani en honor del fabulista Iturriaga. Estos fueron los dos grandes destellos del joven poeta capuchino. Poco después le sorprendió la muerte, a los doce días, justos y cabales, del fallecimiento de Lizardi.

¡Quién era “Loramendi”? El zagal aldeano Juan de Arana, el joven capuchino fray Joaquín de Bedoña quiso llamarse en el mundo de las letras vascas con el nombre poético de “Loramendi”, monte de flores. Sobrenombre con el que pretendió fuera conocido y con el que a sí propio se bautizó tan atinadamente: porque la exuberante, la riquísima fantasía Joaquín de Bedoña es un fecundísimo jardín donde brotan flores las más variadas y perfumadas.

Nació Juan de Arana el 27 de enero de 1907, en el caserio “Mendibitsu”, en Bedoña del valle de Leintz (Leniz). De allí mismo, no lejos del caserío natal de “Loramendi”, descendía el gran teólogo tomista P. Báñez, confesor de Santa Teresa.

El futuro poeta llevaba la vida que llevan los zagales de nuestros caseríos. Cuidaba algunas veces los hatos de ganado, otras llevaba comida a los “gizones” que las apartadas laredas del monte segaban la yerba; bajaba no pocas veces a Arrasate, cuidando del borrico que transportaba la leche, y… algunas veces, acudía a la escuela, que gratuitamente daba el bondadoso párroco de Bedoña, don Fermín.

Cuando una de las veces iba el muchacho “Joantxo” con su cántaro a la fuente, hallóse que junto a ella descansaba un capuchino de luengas barbas. “¿Quieres ser fraile?” —preguntóle ingenuamente el religioso—. “Sí” —respondió el zagal, firmemente, con presteza—. Así llamaba Jesús al futuro poeta, requiriéndole para que se consagre a El. Este mismo religioso es el que mañana, domingo, predicará en Bedoña en la solemne función religiosa, que ha de presidir otro ilustre capuchino, el ilustrísimo vicario apostólico de Guam.

Bien pronto debió aficionarse al castellano fray Joaquín de Bedoña, porque al visitarle meses después sus hermanos, y dirigiéndoles éstos en euskara sus saludos, contestó: “No entiendo el vascuence”. No tardó, con todo, en arrepentirse de su ligereza, ya que se dedicó con afán al cultivo de su idioma racial.

Empezó a versificar siendo estudiante de humanidades en Sangüesa, y prosiguió en esta labor mientras sus estudios filosóficos en Ondarribia. Entonces inició la publicación de sus poesías en “Zeruko Argia”.

Si las dos poesías ya mencionadas son las que consagraron el renombre de “Loramendi”, sin embargo, las anteriores no carecen de mérito artístico. Citemos algunas de ellas. Dos de sus más pequeñas composiciones, “Onax, erletxoa” y “Antzerkia”, son dos bellísimas comparaciones, de las cuales la una sirve, con la abeja y la flor, para saber de secretos coloquios con la Virgen, y la otra para crear una primorosa fantasía con la picadura de una abeja en los labios de Jesús.

Originalidad ingenua e infantil hay en la poesía “Noletan gero?”, dedicada al Buen Pastor. Un hecho de las Florecitas de San Francisco sirve de argumento a “Maitasuna ez da maitatua”, digna de ser mencionada por su viveza descriptiva en la ansiedad del tordo, que, impotente, contempla cómo la serpiente, introducida en su nido, pretende ahogar a sus hijuelos.

“Guztiz ederra” es la poesía donde la fantasía del poeta se inicia con ciertas pretensiones. Es lírica y romántica a la vez. El “Tota Pulchra”, con cuya traducción libre termina, sugiéreles ideas encantadoras para un diálogo exquisito.

A la luz de la luna, “Illargitara”, sale el poeta para sorprender los reflejos del astro de la noche sobre el mar, y advierte sorprendido cómo la mortecina luz ilumina el seno de las aguas, poniendo de manifiesto sus maravillas. Esto evoca en el poeta la idea de la pureza y de la maternidad de la Virgen.

Estas y otras varias composiciones, no muchas más, constituyen la primera e incipiente vida poética de “Loramendi”. Si ellas, como hemos dicho, no hubieran sido suficientes para inmortalizar a su autor, sirven hoy, por lo menos, para estudiar la trayectoria poética de uno de nuestros mejores vates.

Rememorar su recuerdo, allí en la cumbre de la pintoresca aldea, es deber de los amantes de las letras vascas.

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